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Fecha de publicación: Lunes, 17 de Diciembre de 2018 Hora: 10:12:28

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COLUMNA DE OPÍNION
Por: William Hundelshauseen Carretero
wihunca@hotmail.com

Aquellas formas de expresión de la agresividad que en las instituciones Cartageneras de enseñanza media y primaria se producen cotidianamente y que parecen pasar desapercibidas a los ojos de las autoridades de la educación, salpicado durante toda su historia de las máximas expresiones de violencia son las mismas formas que inculcan y promueven una sociedad cada día más violenta; paradójicamente, tales instituciones han tenido desde siempre la función de constituirse y proyectarse como talanqueras contra la violencia.


Escuelas en donde se irrespeta la libertad de cátedra del profesor por los pareceres caprichosos del rector o del coordinador académico; prefectos de disciplina que confunden las exigencias de la disciplina con el irrespeto a la comunidad educativa, profesores que se sientan a esperar las horas de descanso y la hora de salida, profesores que no pueden dictar una clase sin gritar a sus estudiantes y en ocasiones que no lo pueden hacer si no insultan a alguno, o lo hacen quedar en ridículo frente a sus compañeros.


Por su parte, padres de familia que todo le alcahuetean a sus hijos, y a quienes han matriculado en una escuela, solo como forma de deshacerse de ellos, durante un tramo de tiempo, y por supuesto, estudiantes para quienes en general, la última de sus preocupaciones es el estudio.


Rencillas secretas entre los maestros, entre los maestros y directores, entre los maestros y algunos estudiantes, rencillas abiertas entre estudiantes; deudas de “honor” que se cobran en los baños; ocasionalmente en los salones cuando no está el profesor presente y a veces, aún, cuando esté allí; o citas en la salida para “arreglar” las diferencias a punta de golpes, espacios “académicos” en donde se sigue haciendo hincapié en enseñar y se ha olvidado formar para aprender a convivir, a amar, y a respetar por convicción y no por imposición.


Antros de seudo-educación donde todo precepto humanístico se deforma, las directivas de las instituciones privadas solo quieren que se pague la pensión a tiempo; los profesores sólo quieren que le paguen mejor, los padres de familia sólo quieren descargarse de su obligación, endosando sus muchachos al colegio, y los estudiantes sólo quieren conseguir novio o novia y que al finalizar el año lectivo los profesores sean “buena gente” y los aprueben; entre tanto, la producción y reproducción de los actos que constituyen semilla de violencia no cesa.


Es de público conocimiento que en general los distintos actores de la comunidad educativa se perciben unos a otros como un potencial enemigo.

Cada uno de ellos parte de prejuicios que así lo determinan: el profesor parte de la base de que el estudiante es por antonomasia un vago irresponsable, hipócrita y tramposo; que los padres de familia son unos irresponsables mayores a quienes en el fondo no les importa la formación de sus hijos, y que los dueños de los colegios no son más que unos ignorantes con dinero que procuran explotar al máximo a los maestros, a los estudiantes y a los padres de familia para aumentar las ganancias de su negocio, importándoles ante todo, la educación no como un fin, sino como un medio para multiplicar sus ingresos.


El estudiante por su parte, no entiende por qué se le enseña una buena cantidad de cosas cuya falta de operatividad en la vida cotidiana salta a la vista, o por qué aquello que parece servir se suele enseñar de la manera más mediocre, además permanentemente siente que en la escuela se cometen contra los estudiantes muchas injusticias y muchos actos irracionales, los cuales se les pide que respeten y acaten en virtud de que son “normas de la institución” sin dar ninguna otra explicación.


Habremos de sumarle también el ámbito socio-cultural por fuera de las aulas que les exige a los muchachos, antes que saber sociales, física, calculo o literatura, saberse comportar y defender en los espacios cotidianos que potencialmente les agrade: el desempleo, la peligrosidad real e imaginaria de la calle, las psicopatologías de los padres producto de sus circunstancias económicas y socio-culturales, las enemistades con sus coetáneos o las exigencias de su grupo de amigos, etc.


Por eso decimos que hay, Cátedra de terror en las escuelas.


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